FLOREAL FERRARA, ESPECIALISTA EN MEDICINA SOCIAL Y EX
MINISTRO DE SALUD BONAERENSE
Las obras sociales y la salud como bien público
Diario Pagina 12 01-03-2001 Edición Digital
Ferrara es crítico de la corrupción en sectores
gremiales, pero asegura que es necesario defender las obras
sociales y que deben ser gobernadas por los trabajadores.
Frente al imperio de las prepagas propone la creación
de un Sistema Nacional de Salud integrado por las obras
sociales y la salud pública.
Por Luis Bruschtein
Floreal Ferrara escribió varios libros sobre medicina
social, fue amigo de Ramón Carrillo y ministro de
Salud de Oscar Bidegain y Antonio Cafiero en la provincia
de Buenos Aires y en la actualidad, con 76 años,
integra el Polo Social con el padre Luis Farinello. La
relación paciente-médico es absolutamente
asimétrica donde, por lo general, una clase ejerce
el poder sobre otra, asegura desde sus muchos años
de experiencia. Y además advierte que no podemos
seguir entregando las obras sociales a las trasnacionales;
el pueblo tiene que gobernar su propia salud. La idea
de medicina social es antitética con el neoliberalismo
y el libre mercado. Ferrara plantea la integración
de un Sistema Nacional de Salud conformado por las obras
sociales y la salud pública.
¿Cómo surgió en usted la inquietud
por la medicina social, que de alguna manera polemiza con
la medicina como negocio?
Inicié mi carrera como médico clínico
y un año después me especialicé como
cardiólogo, y tuve la suerte de tener como profesor
a Pedro Cossio, el médico que va a atender a Perón
hasta el final de su vida, un profesor fenomenal, un cardiólogo
de primer nivel. Después tuve la oportunidad de encontrarme
varias veces con Ramón Carrillo, hablando de los
temas de salud. Atendí durante bastante tiempo a
un amigo suyo y él venía o a veces me llamaba.
Era ministro, pero llegaba solo, manejando su auto. Me contaba
las diferencias que tenía con Eva, me decía
que Eva estaba totalmente convencida de que los hospitales
debían ser del pueblo y por lo tanto debía
gobernarlos el pueblo. Y Carrillo se enojaba, decía
que no estaba de acuerdo, que los hospitales eran responsabilidad
del Estado y que debía gobernarlos el Estado. Se
acaloraba y me apuraba ¿usted qué piensa?
y le decía que como Eva. ¿No ve? Son
todos revolucionarios, me decía. Todo esto
me apasionaba por la formación que había tenido
en mi hogar, soy hijo de sindicalista.
¿Entonces su padre no estaba relacionado con
el mundo de la medicina?
Fue fundador del primer sindicato de Luz y Fuerza
que tuvo el país, allá en 1923, en mi pueblo,
Punta Alta, cuando se construyó la cooperativa eléctrica.
Me contaba mi viejo que cuando apenas había llegado
de Yugoslavia, se puso a crear un sindicato, como muchos
inmigrantes, estoy hablando de 1911, 1912. Y como no había
tantos trabajadores fundó un sindicato que se llamó
de oficios varios porque los juntaba a todos.
Su apellido no parece yugoslavo...
El es hijo de italianos, pero nació en Yugoslavia,
así que yo soy nieto de italianos, pero hijo de yugoslavos
y de madre española. De allí me viene una
pasión socialista, una pasión por lo social.
Y la medicina fue mi vida. Me metí en esas cosas
a partir de 1955, 1956. Entré como jefe de trabajos
prácticos de Medicina Social y allí seguí
mi carrera profesional hasta que las Tres A me echaron de
la universidad en 1975. Pero éste es otro episodio.
A partir de mi militancia en las villas, poniendo consultorios
y trabajando con la gente, con todo el pueblo, yo tengo
una gran relación con los jóvenes en la universidad,
a partir del 55 en adelante, una relación que
se hace muy estrecha en la época dura de la dictadura
de Lanusse, tengo mucha relación con ellos, los atiendo
en situaciones muy conflictivas...
¿Usted atendía en las villas por razones
geográficas o por una actitud ideológica...?
Un poco las dos cosas. Eran las villas de La Plata,
había una que estaba muy cerca de un pueblito que
se llamaba La Granja; yo viví toda mi vida en una
quinta en una zona rural, muy pobre, muy humilde, de la
que fui médico muchos años, desde fin del
49, que me casé, hasta el 76 que me fui
por razones de higiene pública y militar. Me vine
a vivir a Buenos Aires, que fue lo que me salvó.
Ya en el 75 Lastiri, López Rega y Llambíme
echan de la facultad, y estaba de ministro... pero qué
suerte, ya me olvidé del apellido. En el 73
fui ministro de Oscar Bidegain, un tipo formidable, al cual
el país le debe un homenaje sincero. El día
que lo enterraron fuimos sólo 30 tipos. Por suerte
hubo un pibe ahí que gritó: ¡Don
Oscar, hasta la victoria final!. Imagínese,
en Azul, 30 tipos en un cementerio, en el momento en que
lo íbamos a poner en el nicho, aparece un pibe que
grita desde atrás, y yo me estremecí y grité
también: ¡Hasta la victoria final!
y éramos nada más que nosotros dos. Después
nos abrazamos. En el 73 Bidegain, que asumía
como gobernador de la provincia de Buenos Aires, me hace
ministro y yo celebro ese episodio, lo vivo como una distinción
de un revolucionario como era Bidegain.
Eran momentos de mucha agitación política
y además muy cambiantes, ¿cuál era
el proyecto principal en su área?
Nuestra prioridad era el afianzamiento del hospital
público. Duré muy poco, lo que duró
el gobierno de Cámpora, unos 120, 140 días,
caímos en seguida. Esto fue suficiente para que después
tuviera largas dificultades durante toda mi vida. Y bueno,
después yo sigo en la facultad, llego a ser profesor
titular y en ese momento llega la Renovación. Me
metí con toda la fuerza en la Renovación en
el 85 y allí soy ministro con Cafiero.
¿Usted tuvo muchos problemas con los militares?
Me persiguieron mucho después del 76.
Me obligaron a salir de la ciudad, me destruyeron la casa.
Mi primera mujer murió después de un episodio
de apriete, adonde fue la policía a buscarnos. Ella
hizo una crisis cardíaca cinco o seis días
después y se murió. De manera que los dolores
están instalados también, no quizás
con tanta intensidad como los desaparecidos, pero están.
Bueno, ya con el retorno a la democracia viene el episodio
del ministerio. Yo creo que en ese momento impulsábamos
el último episodio revolucionario en el campo de
la salud. El primero de ellos fue sin ninguna duda con Carrillo
con aquello que se dio en llamar la revolución de
la capacidad instalada. Desde 1947 hasta el 54 en
que se va, en que lo echan, en todo ese período duplica
la capacidad instalada de 65 mil camas, a 130 mil. Esa es
la revolución de Carrillo con muchas otras cosas
dentro de eso, por supuesto. En el 85 nosotros nos
dimos cuenta de que había que producir una modificación.
Eramos un grupo muy intenso que trabajó teórica
y prácticamente. Me siento orgulloso de esa revolución
que fue decir: el país no debe construir más
hospitales, los tiene que mantener, acondicionar, cuidar,
pero ahora la revolución es la de la atención
médica ambulatoria. Este fue el camino de los Atamdos
(Atención Ambulatoria y Domiciliaria de la Salud).
¿La idea era llevar la atención médica
a los barrios?
Primero la revolución fue entender que había
que cambiar la atención de hospitalaria a ambulatoria
y domiciliaria. Lo segundo fue darnos cuenta de que no era
problema sólo de un médico, sino de un equipo.
Y ese equipo estaba constituido por un médico, una
trabajadora social, una enfermera y una psicóloga,
junto con un odontólogo cada dos grupos y un administrativo.
Ese grupo era responsable de mil familias, que asignábamos
de acuerdo con la accesibilidad geográfica. Eso produjo
una revolución fenomenal, porque además les
dimos el gobierno de ese instrumento a las familias que
tenían bajo su cuidado. Se reunían, hacían
asambleas, nombraban el concejo de administración.
Les dábamos el dinero a ellos. Cuando me fui hicieron
una investigación muy profunda porque nadie asumía
la responsabilidad de lo que significa aguantar el pueblo,
cuando el pueblo gobierna es irreverente, es fuerte, es
prepotente, es pueblo, es poder. Investigaron profundamente
si había algún desfalco y no faltó
un peso, nada.
¿En ese contexto cuál era el papel de
los hospitales; los grupos tenían relación
con éstos?
Sí, pero estaba muy tensionada porque los hospitales
sentían que se quedaban sin pacientes. Porque el
hospital no tiene por qué estar repleto de gente.
Tiene otra misión más intensa, que es la internación,
laespecialización, lo que hace a la actividad secundaria
y terciaria. La atención primaria de la salud es
en los lugares periféricos. Muchos de mis amigos
que eran directores de hospital me decían: ¿Floreal
qué querés, hacer, querés dejarme sin
hospital? No tengo nadie, no viene nadie a la sala de maternidad
e infancia. Yo les preguntaba cuándo iba la
gente. Me decían que cuando estaban por tener familia.
Eso era el éxito. Logramos colocar 150 Atamdos. No
eran mucho, 150 mil personas. Lo fuimos distribuyendo en
Patagones, Coronel Rosales, en Salto... Teníamos
que conseguir locales, el Atamdos más simpático
que recuerdo funcionaba en una capilla, en Merlo. Nos fuimos
instalando donde podíamos. Lo más importante
fue la participación popular. El plan era llegar
a mil Atamdos. Los médicos, psicólogos, enfermeras,
trabajadores sociales y demás ganaban el mismo sueldo
y muy parecido al que yo tenía como ministro. Así
designamos a unas 600 personas. Era caro desde el punto
de vista del recurso humano, pero no por la cantidad de
gente que atendió. Comenzamos en algunos lugares
con 150 consultas diarias, desde que empezaba a las diez
de la mañana, hasta que terminaba a las diez de la
noche.
¿Y el tema de los medicamentos...?
El tema de los medicamentos fue implementado en dos
etapas. La primera fue la elaboración de un vademécum,
un formulario terapéutico para los hospitales bonaerenses.
Y la segunda fue habilitar a los hospitales que tenían
farmacias para producir medicamentos a partir de la compra
de las drogas básicas por el Estado. Pudimos hacerlo
nada más que en dos o tres hospitales y después
nos caímos. Pero nos dimos cuenta de que estábamos
produciendo medicamentos de altísima calidad a muy
bajos precios. Los laboratorios empezaron a pegar duro.
El otro tema importante allí es que, cuando planteamos
la transformación del modelo prestacional, denunciamos
la enorme significación que tenían las cesáreas.
Era un hecho muy específico, pero que mostraba cómo
se iba deformando la función médica. Teníamos
en el hospital público un porcentaje del 11, 12 por
ciento de cesáreas. En los sanatorios a los que les
pagábamos con las obras sociales y el IOMA, tenían
el 40, 50 por ciento de partos con cesáreas y algunos,
el 60 por ciento. Me produjo un escozor tremendo con el
mundo médico.
La práctica de la medicina es una zona en la
que terminan confluyendo fuertes intereses y la vuelven
muy conflictiva...
Claro, la práctica de la medicina toca dos
o tres elementos que son clave. Primero: por lo general
el dinero sale de las obras sociales, o sea que se obliga
a los trabajadores a pagar más. Pero además,
el que realiza esta sustracción pertenece a otra
clase social. No es cierto que la relación paciente-médico
sea simétrica, es absolutamente asimétrica,
donde una clase ejerce poder sobre otra. Esto se ve en las
relaciones cotidianas. Se ve nítidamente en cómo
lo tratan, en cómo le exigen, en cómo le cobran.
Estas deformaciones fueron las que nos llevaron a pensar
muy seriamente que hay que producir un cambio en el terreno
de las obras sociales que no es precisamente el cambio,
digamos neoliberal y frustrante que están produciendo
el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.
¿Y en qué sentido habría que
transformar a las obras sociales?
El camino hacia una salud diferente en la Argentina
para la mitad de este siglo, para dentro de 30 años
va a tener que pasar por un Servicio Nacional de Salud,
en el que deberán tener representación los
trabajadores porque son parte del mecanismo. En el interín
hay que tratar de que las obras sociales sean auténticamente
de los trabajadores, que no sean del Estado ni de los organismos
internacionales. Los trabajadores deben gobernar las obras
sociales, para lo cual se requiere una militancia sindical
de clase, profundamente de clase, que sea capaz de corregir
las corrupciones que hemos padecido. Nadie es ajeno a la
perversidad de algunas dirigencias sindicales, pero son
los propios trabajadores los que tienen que sacar a esas
dirigencias. Tendría que llegarse así a la
conformación de un Sistema Nacional de Salud integrado
por las obras sociales y la salud pública. El sector
privado que se maneje como leguste, pero la seguridad social
más el hospital público tienen que estar juntos.
Hay que volver a pensar en un hospital público bien
financiado, gratuito, igualitario, eficiente y de alta calidad,
donde el gobierno de ese hospital esté transferido
a la comunidad y donde seguramente tendrán que intervenir
las conducciones sindicales porque parte de las contribuciones
que sostienen al hospital proviene de los trabajadores.
Pero la mayoría de las obras sociales están
prácticamente quebradas...
Porque está quebrado el sistema de retribución
de la fuerza del trabajo. Si tiene la mitad de los trabajadores
que tenía antes, la mitad de los sueldos y la mitad
de esa mitad porque va en negro, más las evasiones
que todavía se producen... Hubo una solicitada hace
poco de Raymundo Ongaro, donde denuncia la crisis dramática
por la que atraviesa la obra social de los gráficos
porque hay una evasión de entre el 40 y el 50 por
ciento por parte del empleador. Hay más de dos millones
de desocupados que antes eran contribuyentes a ese sistema
y ya no lo son. En un país que se desarrolla con
equidad las obras sociales pueden funcionar perfectamente.
Hay que ser franco, porque cuando uno habla de la corrupción
en las obras sociales siempre habla de dos sujetos. Y frecuentemente,
del otro lado del mostrador estuvieron los profesionales,
que aquí aparecen como si no tuvieran nada que ver.
¿Para realizar este cambio tan amplio debería
haber también un cambio profundo en la mentalidad
de la gente?
Son cambios que se van a ir produciendo paulatinamente.
Yo estoy en este momento en una fuerza de cambio, con toda
decisión, junto a Luis Farinello, en la creación
del Polo Social, trabajando con un grupo importantísimo
de médicos, sanitaristas, psicólogos y demás,
en la construcción de un proyecto que tenga que ver
con los trabajadores. El Polo tiene una importante inserción
en el mundo sindical tendiente a producir en la Argentina
un cambio que no será inmediato, porque con las elecciones
no se logra el cambio, pero es un camino.
Pero todas las ideas que no están relacionadas
con una ganancia directa han sido muy desprestigiadas y
ha habido una campaña muy dura contra las obras sociales...
Totalmente, porque el Banco Mundial vino a imponer
el modelo de libertad de mercado y el paladín de
ese modelo fue el menemismo. Esta situación no tiene
nada que ver con Menem ni con De la Rúa, sino con
el poder imperial, que hoy no es Estados Unidos, sino el
capitalismo que también ejerce influencia sobre Estados
Unidos. Los ejecutores han sido el Banco Mundial, el Fondo
Monetario, la Organización Mundial del Comercio.
En 1991 ingresan a la Argentina como una de las funciones
del Banco Mundial y nos dicen lo que hay que hacer en el
campo de la salud, la economía, la educación.
En 1993 producen un documento en el campo de la salud que
es patético: Si usted no tiene plata y tiene
niños con muchas dificultades, déjelos morir.
Si tiene muchos sidóticos y no tiene plata, déjelos
morir. Está dicho en la página 119 de
Invertir en Salud, así como lo cuento,
con este patetismo. Todo era el mercado. Tres años
después, 1996-97, empiezan a darse cuenta de que
por ese camino llegaron a tener el 40 por ciento de desocupados
en el mundo y más del 30 por ciento de hambrientos
y tuvieron que corregir. Producen un documento en 1997 que
se llama El Estado en la época de transición
donde hacen alguna concesión al Estado. Nuestros
decretos 440 y 1110 de ahora dan libertad de afiliación
a los hombres y mujeres de las obras sociales para que se
cambien a las prepagas. Una gran porción de esas
prepagas son propiedad de las grandes sociedades y empresas
financieras, mucha de las cuales están siendo brutalmente
condenadas por el propio Senado de los Estados Unidos como
lavadoras de dinero. Entre ellos están el Citibank,
el Chase Manhattan, el Bank of New York, el Hong-Kong Bank.
¿A todo esto la ética médica
no tiene nada que decir? No ya desde un lugar político,
sino desde la ética.
Los médicos en términos generales constituyen
una congregación muy desinformada, tienen gran información
médica, es decir ejercen lo que Kant llamaría
el oficio en sí mismo, es decir la profesión
en sí, la cual no tiene que ver con la sociedad.
Sólo un puñado de médicos se ocupa
de la influencia del campo de la salud en la sociedad. El
resto sabe magistralmente todo lo que se puede saber sobre
la última enfermedad. El médico no tiene una
visión global sino parcializada, de cuya parcialidad,
frecuentemente hace maravillas; lo digo yo como paciente
más que como médico, pero no les hable de
ninguna de estas cosas, porque para ellos no tienen sentido.
Y esto es la consecuencia de un sistema que no solamente
tiene a la televisión de cómplice, sino también
a las universidades.
Usted señaló recién que la educación
de los médicos cumple una función importante
en esta situación...
Los médicos este tema no lo ven. Pero aunque
estuviera en los planes de estudio, si no se corrige en
la sociedad, serviría de poco. Le voy a contar una
anécdota. Cuando me estoy por ir de la universidad,
en noviembre del 75, amenazado por la Triple A y expulsado,
en la última clase tenía una multitud frente
a mí. Cuando terminé, dije: Aquí
estoy disponible a las críticas que ustedes crean
convenientes. Casi todos fueron elogios. Hasta que
un pibe por allá arriba me dice: Usted ha sido
un gran profesor mío, pero me voy con un enorme déficit
porque no me ha enseñado a manejar el nomenclador
nacional, que es el listado de las enfermedades por
el cual los médicos saben cómo facturar. O
sea que para él el negocio estaba por encima de lo
que le había enseñado. Lo miré fijo,
se me nubló la vista, tuve la sensación de
que me desmayaba, de bronca, de fastidio, entonces le dije:
Por qué no te vas a la puta madre que te parió,
y me di vuelta y la clase entera se levantó, se puso
en pie y me aplaudió. Me lo llevé, como diría
Perón, como la música más maravillosa
que han escuchado mis oídos.
¿POR QUE FLOREAL FERRARA?
Por L. B.
El que no paga, se muere
El neoliberalismo reinstaló una discusión
sobre la naturaleza de la salud. Se trata, al igual que
con la información, de dilucidar si son simples mercancías,
si constituyen un bien público o si son una mezcla
de ambas cosas. El hiperachicamiento permanente del Estado
así como la crisis de las obras sociales y su inminente
desaparición parecen concluir que la salud es una
mercancía a la que sólo tendrán acceso
aquellos que estén en condiciones de comprarla.
Floreal Ferrara escribió en colaboración Medicina
de la comunidad, en 1965-67, un libro que se convirtió
en texto de estudio en las facultades argentinas y latinoamericanas.
Después escribió Teoría social y salud,
tres tomos de Teoría política y salud, Teoría
de la corrupción y salud y está en imprenta
Teoría crítica y salud. Son textos opuestos
a Invertir en salud y El Estado en la
época de la transición, los dos textos
donde el Banco Mundial diseña las nuevas políticas
de salud. Conoció a Ramón Carrillo, el ministro
de Salud del peronismo que consolidó el hospital
público. En 1973 fue ministro de Salud en la provincia
de Buenos Aires, convocado por el gobernador Oscar Bidegain,
vinculado a Montoneros. Y en 1985, ya como militante de
la Renovación Peronista, fue ministro de Salud del
gobernador Antonio Cafiero. En ambos casos debió
abandonar el cargo por la fuerte reacción de algunos
laboratorios, de muchos de sus colegas que veían
afectados sus privilegios corporativos y por la reacción
conservadora.